miércoles, 22 de junio de 2011

O TE HACÍAS CRIMINAL O SANTO


O te hacías criminal, o santo

Padre Hermann Scheipers, superviviente del campo de concentración de Dachau

Rainer Uphoff y M.M.L., Semanario Alfa y Omega, 19 de Mayo de 2011

En un período de poco más de un mes, la Iglesia habrá beatificado a cinco sacerdotes mártires del nazismo. El primero fue, el domingo pasado, el Beato Georg Häfner, que murió en el campo de concentración de Dachau, destinado a los presos políticos, sobre todo comunistas y católicos. Uno de los últimos supervivientes de Dachau, el padre Hermann Scheipers, ha participado en unas Jornadas sobre el totalitarismo, celebradas por el Movimiento Cultural Cristiano.
                                              
¿Conoció en Dachau al nuevo Beato, Georg Häfner?

Häfner llegó después que yo al campo. Cuando yo llegué, aún no existía el barracón de ingreso. Pero él tuvo que pasar por las torturas y vejaciones a las que sometían allí a los presos nuevos. Después lo enviaron donde yo estaba, pero nuestra relación  no pasaba de ser casual. Sí recuerdo la noche de su muerte: Georg estaba sentado, llorando de dolor. Estaba desnutrido y tenía un tumor abierto, o un furúnculo o algo similar. Le causaba un sufrimiento terrible. La única manera de ingresar en la enfermería hubiera sido avisar durante el control de presencia. No lo hizo por miedo. Muchas veces maltrataban a los que lo pedían. Pero, sobre todo, sabía que a los casos de difícil curación les aplicaban directamente la eutanasia. Intentamos presionar al capo de la barraca para que lo llevara a la enfermería. Él también tenía miedo; podía perder la confianza de las SS, y sus privilegios. Al final, no conseguimos que llamara a un enfermero. Murió en algún momento de la noche.

¿Por qué le enviaron a usted al campo de concentración de Dachau?

Cuando me ordené sacerdote, en 1937, pedí que me enviaran donde más necesitaran a un sacerdote. Me enviaron a un lugar de Sajonia en el que apenas había católicos, dispersos en una zona enorme, por lo que el obispo puso un coche a mi disposición. A partir de ese año, después de que se publicara la encíclica del Papa Pio XI Mit brennender Sorge, condenando el nazismo, los nazis pasaron a la persecución abierta de los católicos. Me confiscaron el coche. Querían que apoyara públicamente a Hitler para devolvérmelo, y no lo hice. Tras la tercera protesta, me detuvieron. En todo momento mantuve una profunda confianza en Dios. Él era responsable de mi vida; no yo. Eso me daba un gran sosiego, incluso en los momentos más difíciles. Sin fe, mi vida hubiera estado llena de amargura y resentimiento. Pero yo no siento más que agradecimiento.
  
¿Con qué se encontró en el campo?

Con lo peor y lo mejor de lo que el hombre es capaz. Otro sacerdote dijo que allí te convertías en criminal, o en santo. Los nazis enfrentaban a unos presos contra otros, con un sistema de capos. Muchos de los capos comunistas ejercían su labor con gran violencia contra los católicos. Yo vi cómo uno asesinó a un sacerdote enfermo por puro odio ideológico. Pero también había capos buenos.

Sabíamos que, más pronto o más tarde, nos esperaba la cámara de gas. Cuando me llegó el turno, tuve una de las experiencias de solidaridad más profundas de mi vida. Otro sacerdote, muy enfermo, me paró en mi camino para ofrecerme el pedazo de pan de ese día. Quise rechazarlo: a él le hacía falta, y yo moriría poco después. Él insistió, diciendo que los apóstoles descubrieron al Señor al partir el pan. Lo acepté, profundamente conmovido. Mi ejecución fue cancelada milagrosamente; él murió. Cada vez que celebro la Misa veo ese pan.

Poco antes de terminar la guerra, los nazis ordenaron desalojar el campo, y se organizaron las marchas de la muerte. Yo conseguí escapar de la última. Había un pabellón de moribundos con enfermedades altamente contagiosas. No quedaba tiempo para deshacerse de ellos, y ordenaron a sus capos quedarse para cuidarlos. Eran comunistas, y se negaron. Las SS pidieron voluntarios, y sólo los católicos estuvieron dispuestos a sacrificar sus propias vidas para no abandonar a los moribundos. Fue esa entrega a Cristo por encima de cualquier poder terrenal y hasta de la propia muerte lo que Hitler y Stalin no podían tolerar.

¿Por qué persiguieron a la Iglesia?

Hitler, igual que Stalin, era una persona obsesionada con imponer la salvación al mundo con él a la cabeza, sustituyendo al Dios cristiano. No toleraban una Iglesia que obstaculizara su propio plan. La Iglesia había advertido desde el principio, mucho antes que otros Estados, que Hitler perseguía un proyecto totalitario. Pero tenía el deber de defender la libertad de culto, por lo que firmó un concordato con los nazis. Los demás países también siguieron tratando a Alemania con normalidad. Los que acusan a la Iglesia de colaboración lo hacen para ocultar sus propios desatinos en aquella época.

Una vez libre, ¿por qué pasó directamente a la Alemania comunista?

Siempre quise ser sacerdote donde más falta hiciera. Después de la guerra, sin duda, era la Alemania ocupada por la URSS. Mis familiares pusieron el grito en el cielo, pero yo sabía perfectamente dónde me llamaba Dios. En la Alemania comunista fui espiado, amenazado, y nuestros medios eran tan precarios que recuerdo una Misa en la que se congeló el vino.

¿Qué conclusiones saca de su experiencia bajo dos totalitarismos?

Nos perseguían porque no aceptábamos la supremacía de ningún hombre, ni de Hitler, ni de Stalin, ni la dictadura del proletariado, por encima de Cristo. Tras la caída del Muro, llegó el capitalismo.

Este nuevo totalitarismo está vaciando las iglesias sin amenazar con la cárcel. Hay libertad de religión, pero sus medios de comunicación se encargan de que se vea mal su ejercicio. Los cristianos seguimos siendo un estorbo para la pretensión de los poderosos de dominar todos los aspectos de la vida en su propio beneficio. Pretenden devaluar al ser humano; y para eso, estimulan el individualismo y el relativismo. Como dice el Papa, cuando la vida humana deja de ser sagrada, todo es posible. Poco a poco, el poder se va haciendo nuevamente señor de la vida y la muerte –eutanasia, aborto, hambre...– Nuestra sociedad es cada vez más inhumana.


martes, 21 de junio de 2011

PROGRAMA DEL SIMPOSIO SOBRE HISTORIA CONTEMPORÁNEA







ARRIESGÓ SU VIDA POR CUIDAR A LOS ENFERMOS MENTALES

Un religioso que resistió a políticas nazis

Ni el miedo frente a la presión nazi ni el rechazo a las personas discapacitadas que se vivía en su país con el Nacionalsocialismo de Hitler pudieron apagar la intensa espiritualidad y el amor a los limitados físicos que tuvo el hermano Eustaquio Kugler.
Hospitalario con los discapacitados
El hermano Kugler, (1867 – 1946) ingresó a los 26 años a la orden de San Juan de Dios, luego de haber entrado en contacto con esta comunidad durante la construcción de un hospital en Reichenbach (Alemania).
Durante casi toda su vida religiosa fue prior de diversas comunidades y de su Provincia religiosa. Cargo al que era reelegido por voluntad de los propios miembros de la orden de San Juan de Dios. Bajo su mando estaban 16 hospitales con 2.500 personas asistidas.
Se preocupó de que se atendieran principalmente a los pobres. Escribió los criterios para acompañar a los enfermos en los hospitales que rigen en la actualidad. Aún con esta responsabilidad, pasaba las noches caminando por los pasillos del hospital velando por las necesidades de los enfermos, desde las más pequeñas.
Peligro nazi
Como muchas otras órdenes religiosas y la misma Iglesia, los hermanos de San Juan de Dios eran acechados por los nazis. También lo eran los mismos enfermos que ellos atendían. Muchos fueron deportados ya que los nazis los consideraban una carga inútil para la sociedad, pero el hermano Kugler puso todo su empeño por salvarlos de las cámaras de gas.[1]
 “Nunca iba a ningún sitio si no era con el rosario en la mano. Era un hombre muy recto. Con espíritu de oración, de recogimiento, de humildad”, asegura su postulador.
Sufrió mucho por la devastación nazi. Soportó más de 30 interrogatorios de la Gestapo. “Además de no delatar a ningún hermano, ni a otras personas, mantuvo gran silencio en su comunidad sobre los interrogatorios y trato recibido”. Guardando la calma, se refería a los nazis diciendo: “Esos árboles no crecerán hasta el cielo”.
“No era una persona de grandes estudios teológicos, pero sí de una espiritualidad ascética profunda, una innegable vivencia mística por su vida interior y profundidad de fe, que convertía sus actos en una auténtica respuesta de amor a Dios”, asegura su postulador.
El hermano Kugler murió en 1946 de un tumor en el estómago. Han pasado más de 60 años después de su tránsito. Hoy sus hermanos, así como miles de fieles en Regensburg admiran de él su sencillez, su sabiduría y su espíritu de servicio. Fue beatificado el 4 de octubre de 2009.


[1] Las cámaras de gas que hicieron tristemente famoso al campo de exterminio de Auschwitz fueron inventadas en un hospital psiquiátrico del estado alemán. Cuando Hitler dio la orden de exterminar a los enfermos mentales a alguien se le ocurrió que era rápido y económico hacerlo conectando balones de gas a las cañerías de agua de las duchas.

ENFERMERA CATÓLICA QUE SALVÓ A 2.500 NIÑOS JUDÍOS

Fallece «una de las más heroicas salvadoras católicas del Holocausto»

Irena Sendler salvó la vida a 2.500 niños judíos

VARSOVIA, lunes, 12 mayo 2008 (ZENIT.org).- Irena Sendler, conocida como «el ángel del Gueto de Varsovia» por haber salvado del Holocausto a 2.500 niños judíos, falleció este lunes en Varsovia a la edad de 98 años.  Irena era una asistente social polaca quien organizo y dirigió un grupo de mas de 20 personas para salvar de la muerte segura a esos pequeños en ese barrio de la capital polaca bajo la ocupación nazi. Como ella explicó después, pudo realizar esta labor gracias a la ayuda de religiosas polacas.

La Fundación Internacional Raoul Wallenberg, una organización no gubernamental educativa internacional, fundada por el argentino Baruj Tenembaum, que ha analizado y documentado numerosos casos de salvadores del Holocausto, en declaraciones a Zenit ha calificado a Sendler como «una de las mas heroicas salvadoras católicas del Holocausto».

Esta fundación con sedes en Jerusalén, Nueva York y Buenos Aires, recuerda que esta labor le llevó a Irena a soportar la tortura en la cárcel nazi y una condena a muerte que por suerte no se ejecutó.

Irena Sendler nació en Polonia en 1910. Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia el cual llevaba los comedores comunitarios de la ciudad.

Allí trabajó incansablemente para aliviar el sufrimiento de miles de personas tanto judías como católicas. Gracias a ella, estos comedores no sólo proporcionaban comida para huérfanos, ancianos y pobres sino que además entregaban ropa, medicinas y dinero.

Para evitar las inspecciones, registraba a las personas bajo nombres católicos ficticios o las inscribía como pacientes de enfermedades muy contagiosas como el tifus o la tuberculosis.

Pero en 1942, con la designación de un área cerrada para alojar a los judíos, conocida como el «Gueto de Varsovia», las familias sólo podían esperar una muerte segura.

Irena se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos organizado por la resistencia polaca, explica la Fundación Wallenberg en su biografía enviada a Zenit. Logró obtener un pase del Departamento de Control Epidémico de Varsovia para poder ingresar al gueto en forma legal. Persuadir a los padres de separarse de sus hijos era una labor horrorosa para una joven madre como Irena. «¿Puedes asegurar que vivirá?», Irena preguntaba a los angustiados padres. Pero sólo podía garantizar que morirían si se quedaban. «En mis sueños, todavía puedo oírlos llorar cuando dejaban a sus padres», decía después.

Tampoco era fácil encontrar familias que quisieran darle cobijo a niños judíos. Comenzó a sacar a los niños en una ambulancia como victimas del tifus, después tuvo que utilizar cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercadería, bolsas de patatas, ataúdes...

El rescate de un niño requería la ayuda de al menos diez personas. Los niños eran los primeros transportados a unidades de servicio humanitario y luego a un lugar seguro. Luego les buscaba ubicación en casas, orfanatos y conventos. «Envié a la mayoría de los niños a establecimientos religiosos», recordaba. «Sabía que podía contar con las religiosas».

El único registro de sus verdaderas identidades de los niños lo conservaba en frascos enterrados debajo de un árbol de manzanas en el patio de un vecino, frente a las barracas alemanas. En total, los frascos contenían los nombres de 2.500 niños.

El 20 de octubre de 1943, Irena fue detenida y encarcelada por la Gestapo. Era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos y soportó la tortura para no traicionarles. Le rompieron los pies y las piernas. «Pero nadie pudo quebrar su voluntad. Irena pasó tres meses en la prisión de Pawiak donde fue sentenciada a muerte», explica Baruj Tenembaum.
Mientras esperaba la ejecución, un soldado alemán se la llevó para un «interrogatorio adicional». Al salir, le gritó en polaco «¡Corra!». Al día siguiente halló su nombre en la lista de los polacos ejecutados. Irena continuó trabajando con una identidad falsa.

Al finalizar la guerra, Irena desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2.500 niños que colocó con familias adoptivas. Los reunió con sus parientes diseminados por todo Europa, pero la mayoría había perdido a sus familias en los campos de concentración nazis.

Los niños sólo la conocían por su nombre clave Jolanta. Pero años más tarde, cuando su foto salió en un periódico, tras ser premiada por sus acciones humanitarias durante la guerra, fue reconocida por muchas de las personas a las que salvó.

Tras la guerra trabajó para bienestar social; ayudó a crear casas para ancianos, orfanatos y un servicio de emergencia para niños.

En 1965 recibió el título de Justa entre las Naciones por la organización Yad Vashem de Jerusalén y en 1991 fue declarada ciudadana honoraria de Israel.

PELÍCULA KATYN


Javier Paredes, 9-10-2009


Javier Paredes
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá


Ayer estuve en el estreno de la película Katyn. Fue tal la concurrencia del público que hubo que habilitar dos salas para que pudiéramos verla todos. Animo a verla y sugiero a los profesores de Historia de colegios e institutos que la vean y comenten con sus alumnos, porque si una imagen vale más que mil palabras, ver Katin puede equivaler a leer toda una colección de libros sobre el comunismo.

El drama y el ritmo de la película están perfectamente equilibrados para contar lo que fue la masacre y la losa de silencio y de mentira que sepultó aquellos acontecimientos. Los comunistas no podían tolerar dos cosas a los polacos: ni su patriotismo ni su catolicismo, y eso el director lo cuenta admirablemente. En una de las escenas los soldados del ejército soviético quitan una bandera polaca y la cortan por la mitad, separando la banda blanca de la roja, y vuelven a colocar en su sitio la bandera solo con la banda roja; en otras escenas se ve a los militares polacos con el rosario en las manos o confesándose. Vamos, que no es una película aconfesional y, cuando salimos de la sala, ya se ocupó de recordármelo un personaje, criticando la fotografía de la película y no sé que otro detalle técnico. Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que el sistema imperante en España va a seguir sepultando en el silencio lo ocurrido en Katyn.

Allí me encontré también con esa gran persona y buen historiador que es José Luis Orella, amante de Polonia no podía faltar a la cita. Me presentó a un miembro de la embajada polaca, que se preguntaba en voz alta por el largo silencio sobre Katyn. No pude menos de responderle:
- Yo le puedo contar lo de España. Mire usted, comencé a estudiar Historia en la Universidad Autónoma de Madrid en 1969, vivía entonces el general Franco. Pues el 80 % de mis profesores eran marxistas y nos enseñaban la misma ideología que tenían los verdugos que en Katin apretaron los gatillos contra las nucas de los oficiales polacos. No conozco a ninguno de ellos que haya pedido perdón por pervertir las mentes de los universitarios durante la década de las sesenta. Al día de hoy, muchos siguen predicando el materialismo histórico que sostiene que el motor de la historia no es la libertad sino la economía. Pues bien, unos lo camuflan de laicismos desde los púlpitos de la izquierda, y otros lo disfrazan de aconfesionalismo desde las tribunas de la derecha, perdón quise decir desde las tribunas centrorreformistas.

EL PIANISTA_2

El Pianista, (2002), de Roman Polanski

www.alohacriticon.com/elcriticon/article1002.html

EL PIANISTA (2002)
Director: Roman Polanski. 
Intérpretes: Adrien Brody, Frank Finlay, Emilia Fox, Thomas Kretschmann.

Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody) es un talentoso pianista polaco y judío que tendrá que intentar salvar su vida tras la ocupación de Varsovia por el ejército alemán.

En este mísero panorama fílmico, con cine de fanfarria hiperpublicitado, es bueno que el talento de un gran cineasta como Roman Polanski retome el buen pulso que parecía perdido en los últimos años.

A películas muy interesantes de su filmografía como "El cuchillo en el agua", "Repulsión", "El quimérico inquilino", "La semilla del diablo", "El baile de los vampiros" o "Chinatown" se le une (aunque de lejos) este desabrido atisbo memorativo a un triste época histórica que él conoce de primera mano, la ocupación nazi de Varsovia, ciudad en la que vivió y creció (nació en París, hijo de padres polacos) desde muy niño.

Las películas sobre el holocausto se surten de tópicos en su planteamiento y desarrollo, en su descripción, en la construcción de personajes o ambientes, y esta no es una excepción, pero la perspectiva naturalista y autobiográfica (aunque la película aborde la historia real del pianista Wladyslaw Szpilman) incrementa el recordatorio afectivo de su autor, quien aísla a su personaje central en un afán de desahogo contextual, de una expectación ansiosa en su instinto natural de supervivencia, de una evasión del horror que lo asedia y del que es testigo silente, aquietado en las notas de Chopin (la pieza que suena en el bombardeo es el Nocturno en Do sostenido menor). 

Estos sentimientos serían imposibles de transmitir si el personaje no fuese espléndidamente interpretado por Adrien Brody.

La crónica exorcizante e íntima de Polanski, que perdió a su madre en Auschwitz, mientras que su padre sobrevivió en Mauthausen, se encuentra realzada por el excelente trabajo fotográfico y el diseño de producción, aspectos técnicos que ayudan a conformar una luctuosa atmósfera, necesaria para robustecer emocionalmente esta zozobra individual y esta lastimera etapa histórica.



Roman Polanski. Biografía y filmografía

www.alohacriticon.com/elcriticon/article6459

Nació el 18 de agosto de 1933 en París (Francia)
Biografía:

Director, guionista, actor y productor polaco, Roman Polanski nació en París (Francia), hijo de Bula Katz, católica de ascendencia judía, y Ryszard Liebling, de raíces judías pero agnóstico. Este último cambió en los años 30 su apellido por el de Polanski.

Cuando Roman tenía solamente tres años su familia se trasladó a Polonia para instalarse en Cracovia. En época nazi sus padres sufrieron persecución a causa de las creencias de sus antepasados y fueron destinados al ghetto de la ciudad polaca. El pequeño Polanski fue dejado al cuidado de familias católicas que protegieron al niño mientras sus padres sufrían confinamiento en campos de concentración. Bula falleció en Auschwitz y Ryszard pasó varios años en Mauthausen

Reencontrados Roman y Ryszard tras la Segunda Guerra Mundial, padre e hijo volvieron a separarse tras el matrimonio de Ryszard con Wanda, una mujer que nunca congenió con el futuro director.
Roman estudió cine en Lodz. Trabajó como actor tanto en el teatro como en el cine., llegando a ser dirigido por Andrzej Wajda.

En los años 50 Polanski escribió y dirigió sus primeros cortos. En 1959 se casó con Basia Kwiatkowski, más conocida como Barbara Lass. Se divorciaron en 1961.

Roman debutó en formato largometraje con “El Cuchillo En El Agua” (1962), un tenso y atmosférico drama psicológico co-escrito con Jerzy Skolimowski que fue candidato al premio Oscar a la mejor película extranjera. La música corría a cargo del compositor Krzysztof Komeda.

En Gran Bretaña y con la ayuda del guionista francés Gérard Brach, colaborador habitual de su filmografía, dirigió dos de sus mejores trabajos, el thriller psicológico “Repulsión” (1965), película con el protagonismo de Catherine Deneuve, y “Callejón Sin Salida (Cul De Sac)” (1966), mezcla de comedia negra e intriga en un escenario aislado.

En la parte final de la década de los 60, Polanski protagonizó “El Baile De Los Vampiros” (1967), parodia y homenaje al cine de la Hammer. El film estaba co-protagonizado por Sharon Tate, estadounidense con la que se casó en el año 1968, año en el que el director polaco estrenó “La Semilla Del Diablo” (1968), intriga y terror con protagonismo de Mia Farrow que adaptaba una novela de Ira Levin. Por esta película Roman fue candidato al Oscar como mejor guionista.

Trasladada la familia Polanski a la California de la psicodelia y el hippiesmo, Sharon Tate fue asesinada en 1969 cuando estaba embarazada por Charles Mason y su “familia”. Este suceso criminal derrumbó anímicamente al autor polaco, quien dejó los Estados Unidos para residir de nuevo en Europa, llegando a vivir en Francia, Suiza, Italia y Gran Bretaña.

En los inicios de los años 70 volvió al cine con la adaptación del clásico de William Shakespeare, “Macbeth” (1971). Más tarde rodó con Marcello Mastroianni y Sydne Rome “Qué?” (1972), regresó a los Estados Unidos para filmar con Jack Nicholson “Chinatown” (1974), film por el que fue nominado al Oscar como mejor director, y con producción franco-estadounidense rodó “El Quimérico Inquilino” (1976), una película que contó con Gérard Brach en el guión basándose en una novela de Roland Topor.

En la década de los 70 mantuvo una relación amorosa con Nastassja Kinski, actriz que protagonizó su película “Tess” (1979), una cinta que adaptaba a Thomas Hardy por la que Polanski volvió a ser candidato al Oscar como mejor director.

En 1977, Roman Polanski protagonizó uno de los hechos más escabrosos de su vida personal, ya que fue encontrado culpable de violar a una menor de trece años llamada Samantha Geimer. Roman huyó de los Estados Unidos para no cumplir condena y pasó largo tiempo intentando evitar la extradición hasta que en el año 2009 fue detenido en Suiza.

Antes de esta detención, Polanski estrenó títulos como “Piratas” (1986), con el protagonismo de Walter Matthau, “Frenético” (1988), thriller psicológico con Harrison Ford, “Lunas De Hiel” (1992), adaptación de una novela de Pascal Bruckner, “La Muerte y La Doncella” (1994), versión de la obra teatral de Ariel Dorfman, o “La Novena Puerta” (1999), thriller con Johnny Depp basado en una novena de Arturo Pérez-Reverte.
En algunas de las películas citadas aparecía como actriz Emmanuelle Seigner, su mujer desde el año 1989 con la que ha tenido dos hijos, Morgane y Elvis.

Por “El Pianista” (2002), film sobre el holocausto, Roman ganó el premio Oscar al mejor director y a la mejor película.

En “Oliver Twist” (2005) adaptaba el clásico de Charles Dickens, y en “El Escritor” (2010), película con el protagonismo de Ewan McGregor y Pierce Brosnan, llevaba al cine una novela de Robert Harrris sobre un escritor que redactando la biografía de un ex primer ministro británico pone en peligro su vida al descubrir importantes secretos sobre vinculaciones entre el político y la CIA en la lucha antiterrorista.

PELÍCULA EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

www.labutaca.net/films/62/el-nino-con-el-pijama-de-rayas.php


Dirección: Mark Herman.
Países:
Reino Unido y USA.
Año: 2008.
Duración: 96 min.
Género: Drama.
Interpretación: Asa Butterfield (Bruno), Vera Farmiga (la madre), David Thewlis (el padre), Jack Scanlon (Shmuel), Amber Beattie (Gretel), Richard Johnson (el abuelo), Shelia Hancock (la abuela), Rupert Friend (teniente Kotler), David Hayman (Pavel), Jim Norton (Herr Liszt), Cara Horgan (Maria).
Guión: John Boyne y Mark Herman; basado en la novela de John Boyne.

Berlín, 1942. Bruno, de ocho años, es el hijo mimado de un oficial nazi. Al ascender su padre, la familia se ve obligada a abandonar su confortable casa de Berlín y trasladarse a una zona aislada donde el solitario chico no tiene nada que hacer ni nadie con quien jugar. Muerto de aburrimiento y atraído por la curiosidad, Bruno hace caso omiso a lo que su madre le dice. No debe ir más allá del jardín bajo ninguna circunstancia. Pero él no le hace caso y se dirige hacia la ‘granja’ que ha vislumbrado en la distancia. Allí conoce a Shmuel, un chico de su edad que vive una extraña y paralela existencia al otro lado de una alambrada. El encuentro de Bruno con el chico del pijama de rayas le lleva a adentrarse de la forma más inocente en el mundo de adultos que les rodea.

PELÍCULA TESTIMONIO_3

UNA VIDA CON KAROL
Cuarenta años con Juan Pablo II

Juan-Mariano de Goyeneche, 12 de Julio de 2007


Quien fuera secretario personal de Juan Pablo II, Stanislaw Dziwisz, repasa aquí, junto con el vaticanista Gian Franco Svidercoschi, los casi 40 años que estuvo al lado de Karol Wojtyla, primero en Cracovia y luego en Roma. Una vida con Karol está dividido en dos partes –la de los años polacos y la de los años romanos– y 35 capítulos, muy breves, de unas cinco o seis páginas cada uno, que se leen en un suspiro.

Quizá una de las cosas que más impresiona del libro es todo lo que se cuenta en tan pocas páginas; y lo que más sobrecoge, la visión de conjunto de esos 40 años que Dziwisz compartió con Juan Pablo II.

De los años polacos se transmite, en toda su crueldad, el clima de presión continua impuesto por la dictadura comunista: campañas feroces de la prensa, pancartas y manifestaciones "espontáneas" bajo las mismas ventanas del cardenal Wyszynski y del arzobispo Wojtyla, acusados de ser enemigos del Estado polaco y nostálgicos del nazismo; los boicots a las celebraciones religiosas, el empeño por eliminar a Dios de la vida pública y aun de la privada, los intentos de crear divisiones entre los obispos... Lo peor es constatar que, por desgracia, todo suena muy actual. Nihil sub sole novum, Nada nuevo bajo el sol, que dice el Eclesiastés...

Al futuro Papa le divertía, a veces, la estrecha, continua y en ocasiones burda vigilancia de que era objeto. Reconocía los coches oscuros de los servicios secretos, y cuando, al salir del Arzobispado, se los encontraba, saludaba a sus ocupantes a través de la ventanilla... y a veces incluso los bendecía. "Mis ángeles custodios", solía decir.

Cuando rindió su primera vista como Papa a su país natal, las autoridades dieron orden a la televisión de que sólo ofreciera encuadres de cerca, para que los espectadores no pudieran apreciar la cantidad de gente que había acudido a recibirle. Asimismo, se ordenó que sólo aparecieran en pantalla sacerdotes, enfermos y personas mayores: nunca niños ni jóvenes. Cuando volvió a Roma, el régimen comunista... ¡destruyó el papamóvil! ¡Estaba empeñado en borrar cualquier rastro del paso de Juan Pablo II por el país! En palabras de Svidercoschi, "la historia se había tomado una revancha clamorosa de quienes estaban convencidos de poder eliminar a Dios de la vida de los hombres".

En Una vida con Karol no hay sólo recuerdos y anécdotas; también hay espacio para la reflexión, para lo que pensaba Juan Pablo II sobre el comunismo, el marxismo. Sobre la falacia del "comunismo con rostro humano", la "catástrofe antropológica", el "largo invierno del totalitarismo" que se abatió sobre tantos países de Europa. Y sobre el sufrimiento que le produjo ver cómo, poco después de lograr la libertad, muchos, asustados, retrocedían voluntariamente a lo conocido, a la izquierda marxista.

En un plano más espiritual, tenemos también sus meditaciones sobre la santidad ("No es difícil ser santo", "la santidad está abierta a todos", "basta, simplemente, con cumplir cada día con la voluntad de Dios"), la trascendencia de la fe –porque la Iglesia no es una ONG–, la importancia de la mujer, la cultura como fundamento del desarrollo integral de la persona y raíz del ethos de un pueblo, la indiferencia religiosa y, cómo no, el personalismo, el valor único de todo ser humano, la defensa apasionada de su dignidad.

La posición de Juan Pablo II, y la de la propia Iglesia, no es una "tercera vía" entre la derecha y la izquierda; se mueve en otra dimensión, "al servicio del hombre", y critica y llama a corregir las manifestaciones de los distintos sistemas políticos que se muestran incompatibles con el proyecto de Dios para la Humanidad. En ese contexto aparecen aquí también críticas contra el capitalismo, por no haber logrado la desaparición de la injusticia y el sufrimiento.

Dzsiwisz da cuenta asimismo de los intentos de acercamiento de Juan Pablo II a las otras Iglesias y religiones, de sus repetidas peticiones públicas de perdón, de sus viajes; del dolor que le produjo la negativa de los políticos europeos a incluir una referencia a las raíces cristianas del Viejo Continente en la Constitución de la UE; de su permanente optimismo ("¡El mundo puede cambiar!", repetía incansable) y de su firme determinación de cumplir con sus deberes para con la Iglesia y para con el hombre.

Como no podía ser menos, Una vida con Karol aborda el atentado que sufrió Juan Pablo II en 1981. Solemos contemplar las imágenes de aquella visita del Papa a Alí Agca en la cárcel de Rebibbia como prueba de la redención del segundo ante el amor y el perdón del primero; pero don Stanislao nos aparta un poco de esa impresión un tanto idílica. Agca era un asesino profesional que sabía muy bien lo que hacía, y cuando apuntó y disparó no le cabía duda de que el Papa moriría. De hecho, su primera pregunta cuando éste fue a visitarle fue: "¿Por qué no está usted muerto?".

Agca no encontraba explicación racional al hecho de que su víctima siguiera viviendo; es más, estaba angustiado, obsesionado por la existencia de fuerzas poderosas que lo superaban, que él no conocía y que habían impedido que las cosas siguieran su curso. Ahora podían vengarse de él. "La diosa de Fátima", como él decía.

El criminal quería hablar con el Papa, sí, pero sólo para sonsacarle sobre esas "fuerzas" que le atemorizaban. Nunca jamás le pidió perdón. Cinco veces en cuatro páginas repite don Stanislao, con dolor e indignación, que Agca jamás pidió perdón a Juan Pablo II.

Por lo que hace a las enfermedades y dolencias físicas de Su Santidad, Dziwisz asegura que, durante "ese largo e ininterrumpido martirio", nunca perdió el humor ("Santidad, será una operación sencilla". "¿Sencilla para quién?"). Aquel intento fallido de impartir la bendición Urbi et Orbi pocos días antes de morir se nos aparece con una carga emotiva aún más dramática cuando leemos que Juan Pablo II se había preparado con sumo cuidado para la ceremonia. Pero finalmente no pudo hacerlo: le falló la voz, se quedó sin fuerzas. Entonces dio paso a la resignación: "Hágase tu voluntad... Totus tuus".

En sus últimos momentos se despidió de todos y, como siempre, se nutrió de las Escrituras. Don Stanislao llega, al final, a preguntarse: "Y ahora, desde el otro lado, ¿quién le acompaña?". Me atrevería a dar una respuesta: le acompaña, claro, Dios, puesto que, como anunciara monseñor Sandri, "ha vuelto a la Casa del Padre". Y le acompaña, le sigue acompañando sin duda, él, monseñor Dziwisz. Y le acompañamos nosotros, esos millones de personas que le quisimos y le seguimos queriendo desde este otro lado de la Casa del Padre.
  
STANISLAO DZIWISZ: UNA VIDA CON KAROL. La Esfera de los Libros (Madrid), 2007, 248 páginas

PELÍCULA TESTIMONIO_2

“Testimonio”, la vida de Juan Pablo II según su Secretario Personal


06/04/2009


El próximo 8 de abril TRIPICTURES saca a la venta en DVD la película documental “Testimonio”, un sorprendente relato sin precedentes sobre la vida privada, espiritual y pública de Karol Wojtyla, un hombre que llenó las vidas de millones de personas y que ha sido sin duda uno de los líderes más influyentes del mundo en el siglo XX. A través de imágenes de archivo nunca vistas antes, recreaciones históricas y entrevistas clave con el que fue durante 40 años Secretario personal del Pontífice, ”Testimonio” es una mirada sin precedentes a la vida privada, espiritual y pública de Karol Wojtyla.

La película está basada en el libro ‘Una vida con Karol’, escrito por Monseñor Stanislaw Dziwisz , Secretario personal del Pontífice durante 39 años. Dziwisz cuenta en el libro un hecho que ya era conocido, que Juan Pablo II realizó un exorcismo en el Vaticano a una mujer endemoniada. El cardenal de Cracovia (Polonia) asegura asimismo que Karol Wojtyla, del que se cumplen 30 años de su elección como Papa, incluso realizó milagros en vida. A este respecto, Benedicto XVI, tras ver el filme durante su estreno mundial en el Aula Pablo VI del Vaticano, reiteró  su convencimiento de la santidad del Papa Wojtyla, del que dijo “que está en el cielo”.

El actual Obispo de Roma, que en la película aparece en numerosas ocasiones con Juan Pablo II, afirmó que el Pontificado de Wojtyla está marcado por dos expresiones: “Abrid las puertas a Cristo, no tener miedo” y “Dejadme ir al Señor”, pronunciadas en el lecho de muerte. Benedicto XVI manifestó que el filme lleva a aquella tarde del 16 de octubre de 1978, cuando el recién elegido Papa, el primero polaco y el primero no italiano desde hacía siglos, se presentó ante los fieles afirmando: “si me equivoco (con el idioma) me corregiréis”. “Era el primer encuentro del recién elegido Obispo de Roma, venido de la lejanía, con la ciudad y el mundo. El cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, eligió llamarse Juan Pablo II, como continuidad con su predecesor, Juan Pablo I, el Papa Albino Luciani que guió la Iglesia sólo 33 días”, señaló Benedicto XVI. Benedicto XVI agregó que Juan Pablo II ha marcado la historia de la Iglesia y del mundo en la última mitad del siglo XX y al inicio del tercer milenio y que, gracias a esta película, quien no le conoció “puede intuir su pasión evangélica”.

“Testimonio “, dirigida por el polaco Pawel Pitera, está rodada entre el Vaticano, Cracovia, Wadowice (pueblo natal de Wojtyla), Portugal y Alemania y los narradores son el mismo cardenal Dziwisz y el actor Michael York. El productor, Przemyslaw Hauser, explicó que la película es el testimonio del cardenal sobre “la figura de un ‘hombre, un Papa’ que pertenece a todo el mundo”. “No se trata del calendario de la vida de Juan Pablo II. Hemos mostrado a un hombre al cien por cien”, agregó.

En el filme el cardenal Dziwisz desvela un hecho que se ha mantenido en secreto durante 26 años, que Juan Pablo II fue herido de arma blanca por el sacerdote integrista español Juan Fernández Krohn en el santuario de Fátima el 12 de mayo de 1982. El Papa había ido a Fátima para agradecer a la Virgen que le hubiera salvado del atentado de la plaza de San Pedro del 13 de mayo de 1981, cuando fue tiroteado por el turco Ali Agca. El cura español, según se ha sostenido hasta ahora, fue detenido antes de lograr su objetivo. Sin embargo, el cardenal Dziwisz cuenta ahora en la película que el Papa fue alcanzado, ya que cuando llegaron a una habitación del santuario de Fátima “había sangre” en la sotana. Juan Pablo II continuó su viaje a Fátima, sin darle importancia al caso y Krohn fue arrestado y tras varios años en prisión expulsado de Portugal.

Al estreno de la película asistieron varios miles de personas que llenaron el Aula Pablo VI del Vaticano, entre ellas cardenales y los prelados que asisten el Sínodo de Obispos. También asistieron centenares de polacos, que al final de la sesión cantaron, en polaco, “La barca de Pedro”, del español Cesáreo Garabain, a la que se sentía muy ligado Juan Pablo II. Wojtyla contó en numerosas ocasiones que “La Barca de Pedro” le acompañó durante su papado, se la cantaron cuando abandonó Cracovia para asumir las riendas de la Iglesia y la escuchó desde entonces (1978) en miles de ocasiones. “La barca”, decía, formaba parte de su vida.